jueves, 17 de junio de 2010

el datero anonimo

Suma y resta pero no es contador. Corre pero no es atleta. Esta es la historia de un datero que no quiso revelar su identidad, pero si sus más grandes disgustos sobre su realidad actual. Una periodista lo siguió por varios días y descubrió a un superhéroe en el verdadero rostro de esta profesión.

Por: Tara Morales-Bermudez Ipince.

“No, ya no vengo por acá”; me dijo con frialdad al comentarle que deseaba pasar un día junto a él, mientras realizaba su labor habitual. La desilusión fue tremenda, como un preámbulo a querer tirar la toalla de inmediato ante el primer obstáculo. No deseaba reunir fuerzas para saltar dicho impedimento. Tal vez pensé que al ser una persona que informa y brinda datos a los demás, posiblemente quisiera hacerlo conmigo. Mi ingenuidad me costó cara, quince días de constante observación sin perder ningún detalle. La inversión era descabellada; tiempo y dinero no existentes. Pero aún así; salté.

Llevo dos semanas observándote. Tus movimientos los he hecho míos. Soy capaz de leer tus labios al hablar y de dibujar tu rostro, aunque nunca haya dibujado en mi vida. La rutina que has desempeñado en estos días ha sido siempre exacta y has vestido el mismo atuendo desde la primera vez que te vi.

Te observo y tomo apuntes descaradamente, para ver si eso motiva un poco tu curiosidad y tal vez así te acercas. Una gorra marca “Adidas” de color azul en un principio, pero hoy desteñida por el uso, cubre tu cabeza del inusual sol del mes de mayo, mientras que una camisa mal planchada; color amarillo dudoso, un pantalón azul que parece ser de lino y un par de mocasines de cuero negro, cuarteados por los años; arman el uniforme del trabajo que tu mismo te has creado. Al igual que un cuadernillo viejo y deshojado, un lapicero clásico Faber Castell verde; de tinta azul y un reloj de muñeca negro y de luna ancha, adorna tu escuálida muñeca; todos estos instrumentos son en conjunto tus herramientas de trabajo.

Ex conductor de buses, es la profesión que existe en sus recuerdos. Datero, su profesión actual. Cumple el papel de aquél hombre que cada cierto trecho de tu cómodo viaje en transporte público, se acerca al cobrador y menciona diversos números; conocido como “datero”. Definitivamente, este ser habla en un idioma que no es el tuyo, ni el mío, ni el nuestro; pero si el suyo. Cada uno de los datos que ha brindado tiene coherencia y es de vital importancia para el cobrador y conductor de un bus o micro. La información que brinda es la referente a los minutos transcurridos entre el paso de una unidad de transporte y otra.

Algunos los llaman los “hombres cronómetro” o los “hombres del tiempo”. Son tan populares como una figura pública.

Estos personajes, son la mafia del transporte masivo; se apoderan de las avenidas más transitadas como los mafiosos de las cuadras. Surgen con el nacimiento de la peruanísima “combi”, para convertirse en sobrevivientes de la escasez económica, pues estos hombres reciben algunos céntimos por controlar el tiempo entre cada combi, bus o colectivo y todo esto sin máquina del tiempo o indumentaria tecnológica.

Este datero es particularmente distinto a los otros; no trabaja para varios buses o micros, sino más bien trabaja para uno solo; “La Covida”.

“Hace bien su trabajo”; me expresó el conductor de un gran bus anaranjado de placa UQ4726, conocido con el nombre mencionado. Entonces, ¿de qué o de quién te escondes?; la indignación del rechazo plasmado por el rotundo “No” que me diste al mencionarte mi propuesta e interés por tu oficio días atrás; sigue impregnada en mi piel como ácaro invisible.

En el cruce de la avenida San Luís y la avenida Angamos; dos reconocidas avenidas de la capital peruana, recostado con rostro soñoliento en uno de los paraderos verdes, se encuentra este personaje de palabras escasas y sonrisa inexistente. Espera con tranquilidad los centavos que hoy alimentarán su hambre, al igual que el hambre ajeno. Me mira discretamente y me da la impresión de que sabe quien soy y que no le agrada la idea.

“El datero”, por que así lo llamo yo, luce cansado; lo demuestra la siesta no intencional que toma en pleno horario de trabajo. Recostado con amargura en los postes del paradero, él espera impacientemente la siguiente Covida que pasará veloz recorriendo la avenida Angamos hasta doblar en República de Panamá. El paso del esperado bus lo saca por fin de su letargo. “El datero” corre, salta, esquiva y le alcanza un pequeño papel al cobrador del bus, donde ha apuntado la clave para ganarle al resto. Cuando estira la mano para cobrar su ganancia por el servicio, su peor enemigo se asoma de manera inevitable la frase: “a la vuelta te pago”; ha sido dicha; no hay vuelta atrás.

En la misma esquina, un vendedor de periódicos de lo más amable, me permite sentarme a su lado. Me cuenta que en esta misma esquina, trabaja un datero más joven, que controla todo micro que pasa por acá y que en un acto de buena fe, le cedió la ruta de “La Covida” a mi datero. Pero cuenta que no viene siempre, sino cuando realmente lo necesita. En cambio mi datero está presente todos los días, sin excepción. La necesidad llama al trabajo.

“Apareció hace un mes, dos meses” me informa sobre mi personaje, quien con aire curioso, se acerca lentamente.

Después de unos días había olvidado mi rostro y no sabía quien era. La actitud era otra, opuesta a la que encontré días antes. Era un señor amable e interesante. Regresaba justo de su hora de almuerzo, que en verdad es un decir por que dura entre 15 y 30 minutos, y decidió detenerse a husmear lo que yo y mi nuevo amigo estábamos tramando.

El restaurante estaba a una cuadra y era digno de dicho personaje, pues tampoco tenia nombre. Mientras conversaba conmigo, en su estomago un menú de S/. 4.50 hacía feliz al sonido de sus tripas. Se veía que necesitaba dicho alimento, su cuerpo bailaba dentro de sus atuendos y parecía como si se fuera a romper.

“El datero” tenia mal aspecto de cerca. Parecía que llevaba encima varios días de trabajo. Varios días de descuido. Un intento de barba y un bigote olvidado blanco adornaban su rostro. Daba la sensación que de sus hombros, encorvados por la edad, salía un cuello delgado que unía su cabeza con su flaco cuerpo. Era un señor de estatura mediana y de facciones bien definidas. De los lados le brotan unas orejas llamativas y quemadas por el sol. Sus labios finos de color rosado oscuro, daban la bienvenida a una dentadura amarillenta, sin orden y sobretodo escasa. Una nariz muy grande era el centro de interés de su cara. Tenia cejas tan pobladas que le cubrían los ojos de color negro, pero rojos de cansancio. Todas estas cosas estaban puestas sobre un rostro lunarejo y de tez oscura.

De sus brazos largos y escuálidos, brotaban unas manos delicadas con dedos de igual contextura. Sus manos tiemblan. Su voz también. Sus palabras han adoptado con el tiempo la posición de sus dientes. Pero su rostro de personaje amargado, produce una ternura inexplicable al observarlo con detenimiento.

Este personaje en el que pongo mi mirada, es originario de la provincia de Cerro de Pasco. Después de trabajar once años manejando buses en provincia, y después de que lo liquidaran por llegar a una edad en que “ya no era seguro manejar”, “El datero” decidió venirse a la capital.

A sus setenta y tres años, “el datero” se mantiene activo, pues no le gusta quedarse en casa sin nada que hacer, mientras ve desfilar la pobreza a su lado en una calle de Puente Piedra. Tiene cinco hijos; cuatro hombres y una mujer, de los cuales dos de ellos aún estudian y los demás ya formaron su propia familia. Su esposa; no fue mencionada en ninguna conversación.

Más bien son sus hijos quienes lo cuidan y le han prohibido que salga de la casa, cosa que él no entiende. Pues para que los que aún estudian terminen correctamente, se necesita dinero.

Por eso a este datero no lo detiene nada, ni nadie. Igual, este limitado oficio que desempeña hoy, no le brinda los resultados deseados: “Solo da para comer”; me dijo llevándose las manos a la boca. Y la verdad es que a veces no alcanza ni para llevarse el pan a la boca. Este hombre, como cualquier otro datero, recibe entre 10 y 20 céntimos por dato y como hemos visto hay veces que no recibe nada. Al día saca no más de 20 soles, con suerte. “¿Con una sola línea que voa hacer?”; me pregunto de manera retórica. Aunque la pregunta me toco tan profundo, que le respondí: “Nada, con 20 soles no se puede hacer nada”. Realmente, con una línea, ¿que come este hombre? por más que con ese dinero uno pueda comer y mantenerse con vida, no se trata tampoco de conformarse, por eso “el datero” se queja constantemente. Desearía algo distinto, pero no lo tiene.

Es un trabajo inusual para alguien de su edad o al menos un trabajo duro, pues demanda de mucho esfuerzo, aunque a él le moleste que la gente diga eso. Aunque realmente lo que más le molesta no es esto, sino más bien la actitud del gobierno para con las personas de la tercera edad. “El gobierno debe poner trabajos para la tercera edad”; me dijo molesto, como si eso fuera fácil o yo fuera a hacer algo.

Este es un personaje más de la realidad económica peruana. Un personaje más disgustado con esto. Uno más que quisiera que todo fuera distinto y no como lo vive. Uno más que corre, con un trote que demuestra su edad, detrás de un bus mendigando esos centavos que injustamente no recibe.

En diversas avenidas de la capital, encontramos a los dateros gritando información a los cuatro vientos y riendo con los amigos que trabajan cerca. Se crean cofradías y ambientes familiares. Pero este, “el datero”, no se siente orgulloso de su profesión: “Me da vergüenza” me confesó con rostro de humillación. Y es que no le gusta recordar quien fue y ver quien es hoy.

“Tiene ud. un nombre”; le pregunté ansiosa por recibir una respuesta. Sus ojos de molestia atravesaron mi mirada. “! Dejémoslo en un apodo, ahí está!”; agregué con nerviosismo.

“Dejémoslo así mejor”; me contestó él de manera tajante.

Y es que claro, supongo que un superhéroe como este no debe nunca revelar su identidad. “¡Que ingenua, que ingenua!”.

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